Rancagua, 11 de la noche. Es inexplicable la sensación que se experimenta en esta ciudad luego de la salida de Luis Urzúa, el último de los mineros en salir desde el fondo de la mina San José. Y es aún más extraño para mí, que no soy de estos lares.
Las bocinas suenan a raudales, los autos corren despavoridos con banderas chilenas a través de sus ventanas, cargados de gente alegre, gritando “Viva Chile”. La manera en la que el rescate de los 33 afectó a Rancagua es comparable a lo que debió ocurrir en las distintas ciudades mineras del país. Cada habitante de acá tiene un pariente, un amigo o un conocido en la mina de El Teniente y, por ende, se reflejaba en los habitantes del campamento “Esperanza”. Eso se nota.
Para mí es extraño. Si bien la noticia ha estado permanentemente en los medios, hemos tratado con mi señora de obviarla por lo abrumadora. Sin embargo, el sólo hecho de salir a la calle y enfrentar a la ciudad de golpe hace inevitable el acongojarse con los demás, el alegrarse con los bocinazos y el sonreír con los que ven que la vida triunfó sobre todo lo demás.