Augusto Pinochet, 11 de Septiembre de 1973
Ya pasó todo. Se dio el lujo de morir en plena libertad, el lujo de que todo el mundo estuviera pendiente de su cadáver, el lujo de crear caos y división en el país sin ni siquiera abrir la boca. Con su muerte, Pinochet termina sus días del mismo modo en que se hizo conocido: separando a la gente. La personas que lo negaron ya lloraron sobre el ataud y los que lo odiaban ya abrieron las champañas. El mundo lamenta la pérdida de un tirano que se fue sin castigo alguno.
O tal vez no sea tan así...
A fin de cuentas, la sociedad lo condenó. No sólo el gobierno, sino todos los que se desencantaron del viejo una vez que se supo lo del Riggs, los jóvenes que aún preguntan a sus padres el porqué de esos años. Aun la memoria, los muertos, los que aún flotan en el Pacífico, los que claman al cielo, como la sangre de Abel luego del crimen de su hermano, los que, al final, son los mudos testigos de la caida del alma del ex dictador a los abismos de hielo.
Y, como decía Dante, estoy seguro que el viejo estará en las fauces del demonio, en el helado séptimo círculo del Infierno, rodeado por Judas y por Bruto, los dos más grandes traidores de la historia.